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Mamá no me grites ¡no te estoy gritando!

Gritar a los hijos envuelve a ambos padres en la mayoría de los hogares. Se estima que este fenómeno corresponde en mayor medida a las madres, porque ellas están más enfocadas en corregir el comportamiento de los hijos día a día que los padres.

Hay varias razones que justifican de alguna manera el grito como estilo de mando:

a) Gritar como resultado de nuestra biología.- algunas personas nacen con temperamento colérico que los predispone hacia el grito, como que se les da en “automático”, cada vez que demanden algo es probable que lo hagan con un tono de voz elevado, exigente, impositivo, o de plano gritando.

b) Gritar como resultado del modelo paterno con el que fuimos criados.- si nos gritaron consistentemente cuando fuimos niños como la única manera de hacernos entender, de que hiciéramos caso, es muy probable que hayamos aprendido bien la lección “si gritas te obedecen”, entonces repetir el patrón es factible porque ¿a quién no le gusta que lo obedezcan?

c) Gritar como resultado del estrés laboral que manejamos.- yo diría que pocos se escapan de esta situación; el trabajo mental o físico demandante, y los horarios extendidos son suficiente para estresar a cualquiera, entonces al llegar a casa si nos encontramos con desorden o desobediencia a las tareas encomendadas, nos frustramos, y ya estresados el grito es inminente.

d) Los gritos como consecuencia de la mala relación de pareja que se tiene.- igual que el estrés, la problemática conyugal se convierte en una carga emocional que hace a la persona irritable, intolerante, con bajo umbral de tolerancia a la frustración, y con poca motivación para desempeñar su rol formador, entonces el grito se convierte en una eficaz herramienta de mando.

Hay muchos padres que dicen no calificar en ninguna de estas cuatro situaciones asociadas al grito, sin embargo aseguran que “… si a mi hijo no le grito, no me obedece”, uno de ellos me dijo un día “… el mío sólo contesta hasta la quita vez que le llamo, y para entonces ya le estoy gritándole”.

En este caso en particular, estamos observando el resultado de un condicionamiento al que se ha llevado al hijo, su respuesta automática obedece a una cantidad de estímulos o códigos que detecta como señal, y lo hace actuar. Para los padres que están en esta situación de “me obedece hasta la quita” hagan el siguiente experimento; llamen a su hijo en una sola ocasión pero que ésta reúna las características del “quinto grito”, te sorprenderás como ahora te obedecerá a la primera llamada, esto se llama condicionamiento. Un entrenamiento al que sometimos a los hijos para que aprendieran a obedecer sólo a la quita llamada. Pero bueno, este es tema de otro artículo.

También se dan los casos en los que los hijos obedecen o responden sólo si quieren, como una forma de castigar a sus padres llevándolos a ese nivel de frustración. Estamos hablando de una desobediencia consciente que busca el grito de sus padres no para sentirse mal por ello, sino para que sus padres se autocastiguen con el nivel de frustración que experimentarán.

Tratándose de formación de hijos, es obvio que los gritos no ayudan en nada, sólo afectan a ambas partes.

¿Qué hacer para no gritar?

1. Primero debemos estar concientes que gritar afecta.- si no somos capaces de entender esto, dificilmente dejaremos de gritar. Las afectaciones son lamentables, desde hacer que los hijos repitan el patron, hasta favorecer en ellos una baja estima.

2. Aumenta tu umbral de tolerancia a la frustración.- toma todo el tiempo que necesites para volver a tener control emocional, no importa si se trata de minutos, de horas, incluso de días, tomate todo el tiempo necesario, esto te permitirá una mejor respuesta ante los eventos desafortunados. Los padres que actuamos impulsivamente, complicamos en lugar de resolver, destruimos en lugar de formar, hacemos un papelito del que después hasta vergüenza nos da.

3. Haz el compromiso de no gritar más a tus hijos.- es un proceso que toma tiempo porque implica modificar un hábito, y como todo hábito, el comportamiento está tan arraigado que dejar de hacerlo resulta un tanto difícil, lo que te puede ayudar a mantenerte en el compromiso es saber los beneficios de no gritarles; ellos estarán más relajados, en el hogar se respirará un ambiente más armónico, y lo más importante, un ambiente así permite relaciones familiares más cálidas.

Lic. Gabriel Bello Martínez / Psicólogo clínico especialista en adolescentes.
Autor de “Padres con sentido común”
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